Fallas del Pirineo, testimonio de una fallaire novel

Fallas de Castanesa pirineo

Las llamas unidas a la oscuridad. Al murmullo de los sentimientos y emociones que empiezan a despertarse en torno al faro dan paso después a una emoción creciente. A un nerviosismo. A un orgullo de seguir perpetuando algo tan ancestral como mágico. Los y las fallaires rodean el faro, fallas en mano, esbeltas y perfectas lanzas, otras hermosas y retorcidas, otras anchas y muy pesadas. Algo se mueve dentro. Las cabezas protegidas, cabellos recogidos, algunos rostros semiocultos con pañuelos, ojos expectantes, inquietos, alegres, vivos.

En unos pueblos todos los y las fallaires van a una. A la señal de una voz fuerte, de un grito de instrucción, acercan sus fallas al fuego como un gran ejército ordenado. En otros pueblos en lo alto del tozal se ruega silencio. Alguien, iluminado por el faro y rodeado de silencio, entona a viva voz una canción en mitad de la noche, que se cuela por los prados y barrancos y que hace zozobrar las emociones de los presentes. Cuando termina, los fallaires se van acercando poco a poco y en pequeños grupos a prender la falla en el faro. Este es tan grande y arde con tal fuerza, que resistir delante se hace duro. Otros años, si la noche es fría, se agradece el calor.


La salida

Preparados y listos. Están todos con la falla a punto para salir. Forman una fila y ya comienza el esperado descenso. Mis pies noveles en el caminar nocturno se mueven torpes, pero observo y copio rápidamente comportamientos de los sabios y expertas.

Gusta el aspecto salvaje, las mejillas rozadas de negro por el tizón, el crepitar del fuego, el posible peligro. Embelesan las danzantes llamas, que se elevan y chisporrotean hacia el cielo. Mis ojos inquietos siguen esas pavesas que la falla que llevo delante deja escapar. La ligera brisa de verano se las lleva y se extinguen lejos. Gusta la tormenta, los gritos jaleantes de los mismos fallaires que en su bajada se emocionan y cuyos pasos van haciéndose más rápidos. Se aceleran. Encanta sentirse galopar el corazón en el pecho, con sentimientos encontrados, el sonido de las esquellas o los bucos colgados de los cinturones se hacen cada vez más continuos.

Fallas de Castanesa pirineo

La llegada

Llegamos al pueblo donde nos esperan familiares, amigos, conocidos y curiosos, en torno a un segundo faro. Sonrientes, aplaudiendo, animando, asombrados, alegres, encandilados, dando más cariño y calor que las propias llamas que llevamos a la espalda. Y entonces ya se empieza a olvidar todo. Se desdibuja el dolor en los hombros, el cansancio de la bajada, el miedo de tropezar, el temor a no llegar de una pieza.

Al llegar al faro del pueblo, los fallaires lanzan sus fallas, alimentándole. Se desprenden de ellas, y quizá también de los malos sentimientos. De los pésimos recuerdos, de los errores cometidos, con intención del que el hecho en sí, sea un “borrón y cuenta nueva”, quizá un nuevo comienzo. Y entonces se aplauden, ante una misión cumplida. Se funden en abrazos con amigos, hijas y hermanos.


El origen del fuego en la tradición

El elemento del fuego, sobretodo en determinadas generaciones, siempre ha sido algo que ha causado, cuando menos, curiosidad. Su magnetismo quizá venga ligado al instinto ya adormecido. Al poder y al cambió que nos brindó en épocas muy lejanas, cuando el ser humano aprendió a base de experimentación a manejarlo.

El origen de las fallas es muy diverso, aunque si hay algo que está claro es que es tan antiguo como el fuego. Es una tradición o costumbre precristiana, probablemente asociada al solsticio de verano. Aunque hoy día y desde hace mucho tiempo, éstas se celebren en torno a la festividad de San Juan.

Lo que conocemos como bajada de fallas hoy día se realiza en el corazón del Pirineo, abarcando una parte de Aragón, Cataluña, sur de Francia y Andorra. Es una tradición que tiene muchas particularidades según el territorio en el que sea haga, pero que en general aúna cuatro elementos comunes: fuego, falla, faro y fallaires.


La bajada de fallas

Normalmente se construye un primer faro u hoguera en un lugar elevado en las inmediaciones del pueblo. Allí suben los fallaires con sus fallas, brandons o haros (antorchas). Las encienden y descienden en fila india hasta el pueblo, donde hay una segunda hoguera o faro en el que queman lo que quede de sus fallas. En algunos pueblos, la bajada de fallas se hace coincidir con la fiesta mayor.

Las fallas de Durro y Senet (Alta Ribagorza) dieron el pistoletazo de salida a la época de bajada de Fallas. Os animamos a que os acerquéis a alguna localidad del Pirineo donde se celebren. Y las sintáis, porque es una tradición muy sensorial.


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 icon-arrow-circle-right Entrada elaborada por Lara Ramos de Pirenaicum – Turismo de Observación

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