Leyenda: Las brujas en Nochebuena

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El Pirineo es tierra de leyendas. Brujas, brujos, duendes, moras, gigantes, dragones y una infinidad de variados seres componen una rica y diversa mitología. Una herencia cultural colectiva que ha quedado grabada en la memoria de quienes habitan estas tierras.

Narra la tradición pirenaica que las brujas habitaban nuestros valles y montañas. Convivían con nosotros y por las noches recorrían las calles de los pueblos haciendo maldades, conjuros y maldaus. Para protegerse, la gente colocaba en las casas las cardinchas (flor de forma solar) y los espantabruixas (muñecos y figuras de piedra que se ponen en las chimeneas).

Cuenta la leyenda que cada Nochebuena, las brujas de todo el Pirineo se reunían en la cima del Turbón. Aquí encendían hogueras y realizaban aquelarres para venerar al diablo, que tomaba forma de macho cabrío. Después, regresaban a los pueblos para hacer maldades.

Un año, algo extraño ocurrió en una casa pirenaica. El día de Nochebuena, después de la abundante cena y ya entrada la noche, toda la familia del señor Tomás se dirigió a la iglesia para celebrar la Misa del Gallo. Pero la abuela, enferma y en cama, se quedó en la casa.

Después de la misa, la familia regresó alegre bajo la noche estrellada y las calles nevadas para acabar la fiesta comiendo turrón y cantando canciones. Sin embargo, la alegría enseguida se desvaneció. El señor Tomás bajo al establo en busca de vino y encontró en el suelo a una de sus mejores mulas. Estaba muerta. Unos pequeños y extraños arañazos en su cuello parecían la causa.

La fiesta terminó. Nadie tenía ganas de celebrar después de una pérdida tan importante para una casa de montaña. Además, las extrañas circunstancias de la muerte fueron tema de conversación durante semanas. Sin embargo, poco a poco todo volvió a la normalidad, el Señor Tomás compró una nueva mula y la vida continuó tranquila.

Y así llegó de nuevo la Nochebuena. Olvidado ya el percance del año pasado y como era costumbre, todos fueron de nuevo a la Misa del Gallo. Excepto la abuela, que seguía enferma y en la cama.

A la vuelta, el Señor Tomás invitó a varios vecinos a casa para celebrar la noche. Llegaron a la casa y tocaron la guitarra, pero cuando Antonier, el hijo de Tomás, bajo al establo a por más vino se encontró con una nueva desgracia. Encontró a uno de los machos desangrándose en el suelo. De nuevo, con unos arañazos en el cuello.

La familia quedó destrozada. Que hubiera ocurrido dos años seguidos y en la misma noche, no era algo normal. Esto tenía que ser cosa de brujas.

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Pasaron los meses y las estaciones. El invierno llegó de nuevo y después la Nochebuena. El señor Tomás era hombre de tradiciones y no quería dejar de ir a la Misa del Gallo. Pero su hijo Antonier les propuso que fueran todos y que él se quedaría para vigilar la casa. A todos les pareció bien y salieron en la noche.

Antonier cogió un garrote de madera y bajó al establo para cuidar de los animales. Sin embargo, el vino de la cena y el calor del candil hicieron efecto y pronto se quedó dormido.

De repente, despertó. Las caballerías nerviosas se movían inquietas. Tomó el candil con una mano y el garrote con la otra y se acercó. Despacio. De pronto vio algo extraño entre las sombras. Se quedó de piedra. Un gato negro le miraba fijamente sobre una de las mulas. 

La luz del candil se apagó pero Antonier se abalanzó sobre el gato y alcanzó a golpearlo en la pierna antes de que huyera en la oscuridad. Antonier encendió de nuevo el candil y observó que todas las caballerías estaban bien.

Cuando el resto volvió de misa, les contó lo que había ocurrido. Nadie salía de su asombro. Tenía que haber sido una bruja.

Al día siguiente, cuando la mujer de Tomás entró a la habitación de la abuela para llevarle el desayuno, la encontró malherida. Tenía un tremendo golpe en una de sus piernas. 

 

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