Viviendo en el pueblo desde un coworking natural

Soy Rosa Roca, nacida en Palma de Mallorca, y llevo 8 años viviendo en Aragón, en el entorno rural. Por decisión y voluntad. Una decisión de la que jamás me he arrepentido. Por lo mucho que aprendo día a día y por lo que me aporta esa decisión que tomé  hace ya tanto tiempo. Escuchando críticas y enfrentándome, en muchas ocasiones, a la gente más cercana.

Vivir en el pueblo, creando tu propio negocio, reinventándote día a día. Os aseguro que es de todo menos fácil, que las horas de trabajo superan por mucho las que ejercía cuando trabajaba en la ciudad en un trabajo fijo y con estabilidad económica, y que las ganancias materiales están muy por debajo. Pero aún así, no lo cambio.

Una de las grandes ventajas del entorno rural es el tejido social que se genera. Las relaciones entre personas ponen en funcionamiento un ente mayor: la vida en el pueblo. Los vínculos en las grandes ciudades discrepan de las vividas en el pueblo. Aquí nos conocemos y sabemos las necesidades de cada uno de nosotros. También las potencialidades y destrezas, que sirven para ayudarnos en los proyectos, creándose un coworking natural, esencial para la supervivencia de lo rural.

Lo más bonito es que en ese coworking participamos todos, muchas veces sin saberlo. Desde la vecina que tiene gallinas, ofreciendo huevos, al que tiene huerto dando verduras. El que sabe de informática te ayuda a crear una web o el que sabe soldar colabora en la obra comunal. Así cada uno pone en manos de otros los recursos que posee. De esta manera, en su medida, y sin saberlo, todos participan de ese tejido que es el que hace que un pueblo vaya para adelante, o por el contrario, caiga en el abandono.

Es cierto que no tenemos los recursos que poseen las ciudades, pero en muchas ocasiones los inventamos a nuestra medida. Y es lo que debemos hacer: crear en base a necesidades según los recursos disponibles. Aunque muchas veces no nos damos cuenta de que los recursos están ahí. Se trata de reinventarse, palabra esencial para vivir en el medio rural.

No se trata de idealizar este modelo. Hay que ser consciente del gran trabajo que supone la implicación en el territorio y la colaboración entre todos. Destaco la importancia del trabajo en red y de relación. De intercambio y diálogo. Imprescindible en el entorno rural para lograr objetivos afines que nos benefician a todos.


Una ventana a la vida en el pueblo

balcon pueblo de Artieda

El pueblo nos da la oportunidad de vivir en una casa sin cuadros, porque tenemos ventanas que nos asoman a la Naturaleza Pura. Al bosque, al río y a todo aquello que en las ciudades añoran y pintan en sus paredes. Vivimos a dos pasos de lo Natural, no tenemos pistas ni circuitos de deporte artificiales porque tenemos la 

Naturaleza en nuestras manos. Caminos por explorar, paredes que escalar y ríos que admirar. Al lado de casa, como un regalo que debemos cuidar y tratar con todo el respeto del mundo, dándole el valor y el cariño que merece, como también lo merece el patrimonio cultural y artístico del que estamos rodeados, lleno de historia y experiencias.

Porque vivir en el medio rural es vivir en un entorno especial y único. Quienes así lo hemos elegido lo disfrutamos como nadie. Hay valores intrínsecos en el territorio que nos dan oportunidades únicas, como la conversación que he podido disfrutar esta misma mañana con un vecino.

Ángel (86 años), sentados al sol y esperando al panadero, sin saberlo me ha regalado el viajar a otro tiempo, embarcada a través de sus palabras, experiencias y sensaciones. Años atrás. Contándome su profesión, la vida de antaño en el pueblo y las tradiciones. Para mí eso es un regalo. Compartir, sentados al sol, donde  la banda sonora era el cascavel de Pinocho — el perro de un vecino que andaba con nosotros —, el paso de las grullas anunciándonos la llegada del buen tiempo y los pájaros disfrutando del sol. Y ahora recuerdo este momento matinal con una gran sonrisa, esperando otros momentos con los que hablar con Ángel, o cualquier otro vecino, sentados al sol hasta que la bocina de un coche nos anuncia que ha llegado el pan.

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Por Rosa Roca

Psicóloga. Gestora y fundador de Senderos de Teja

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