La leyenda de Santa Elena

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Si vais al Valle de Tena, cuando paséis Biescas, veréis que a vuestra derecha, al otro lado del Gállego, aparece entre la vegetación una edificación que parece sacada de un cuento de hadas. Es la ermita de Santa Elena, que, como muchos rincones de nuestro Pirineo, esconde historias y leyendas que han llegado de voz en voz hasta nuestros días.

En este lugar la historia sale a relucir en cada rincón. Si os acercáis, os sorprenderá que, antes de llegar a la ermita, os encontraréis con el dolmen de Santa Elena. Prueba de que es un lugar considerado sagrado desde tiempos inmemoriales. Un poco más adelante tropezaréis con el fuerte, ya que este lugar se halla en un enclave único y es paso obligado para quienes quieren cruzar el Pirineo por el Portalet, motivo por el que era considerado un punto estratégico y se mandó fortificar en tiempos de Felipe II, como parte del sistema de defensa fronterizo.

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Dolmen de Santa Elena // Aitor Borruel

Ya cuando estéis arriba, junto a la ermita, descubriréis La Gloriosa. Una fuente intermitente a la que se atribuyen propiedades curativas y que un día fue un lugar de culto a las ninfas. La mayoría de milagros que se atribuyen a Santa Elena en las tierras altas del Gállego, están relacionadas con esta fuente. Si preguntáis a las gentes de Biescas, os contarán un montón de anécdotas (personales y escuchadas, actuales y de tiempos pasados) relacionadas La Gloriosa.


Santa Elena

Cuentan que la Emperatriz Elena era perseguida por su condición de cristiana. Los romanos temían la influencia que ésta pudiese ejercer sobre su hijo, el Emperador Constantino I y que renunciase a los dioses romanos. Elena cruzó los Pirineos huyendo de quienes la perseguían, y así se topó con unos labradores que le indicaron que se refugiara en una cueva que había un poco más arriba. Allí llego la emperatriz a pasar la noche, y mientras dormía, una araña tejió ágilmente una tela que cubrió toda la entrada. Cuando los romanos llegaron hasta el lugar, y se encontraron semejante tela de araña, pensaron que ahí hacía muchísimo tiempo que no entraba nadie, así que siguieron su búsqueda montaña arriba.

Cuentan que en el lugar donde se sentó a descansar la santa, brotó La Gloriosa, cuyas aguas están desviadas actualmente por una fuente rectangular. Jaime I de Aragón mandó en 1221 levantar la ermita, dentro de la cual se halla la cueva en la que se escondió Santa Elena. Se puede visitar aprovechando alguna de las tres romerías que se hacen a lo largo del año (para Pentecostés, para San Antonio y para Santa Elena). 

Por cierto, al final Constantino se convirtió al cristianismo por influencia de Elena y fue el primer emperador cristiano del Imperio Romano. En honor a su madre, mandó cambiar el nombre de su ciudad natal: de Anatolia a Helenópolis. Aunque en Inglaterra defienden que su origen no era turco, sino que fue hija de Coel, rey bretón, y por lo tanto británica.

Habitualmente se representa a Santa Elena con atuendos romanos y con la Veracruz, ya que viajó hasta Jerusalén buscando la cruz en la que ajusticiaron a Jesucristo, mandando a un enfermo de lepra que tocase todas las cruces que había en el Monte Calvario, hasta que al tocar una de ellas, se sanó. Santa Elena es venerada hoy por las iglesias católica, ortodoxa y luterana.


¿Cómo llegar?

La ermita de Santa Elena en Biescas es un lugar maravilloso y existen diferentes excursiones de distinta duración para llegar hasta ahí. También hay en las proximidades del dolmen de Santa Elena, una ruta accesible adaptada para personas con problemas de movilidad y para personas ciegas. Además, tanto la ermita como el dolmen se pueden visitar en cualquier época del año, y en todas las estaciones os sorprenderá su magia.

 

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