Charo Jiménez: “Por fin se visualiza ese ‘mañana’ de Jánovas que imagino en la novela”

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Foto cedida por Charo Jiménez

Jánovas siempre será fuente de inspiración para periodistas y escritores. Y es que no todos los días obligan a los habitantes de un pueblo a abandonar sus casas bajo la amenaza de un pantano que, finalmente, nunca llegó a construirse. Últimamente, para alegría de muchos, no cesan las noticias buenas con Jánovas como protagonista.  2018 también acabará guardando entre sus días el recuerdo de la presentación de Ara, como el río, la novela con la que Charo Jiménez, una profesora sevillana, plasma, haciendo alarde de una enorme sensibilidad, el relato de las últimas familias que fueron empujadas a abandonar sus hogares en este rincón del Pirineo.

Cuenta Charo que llegó a Jánovas por primera vez en julio de 2015, durante un viaje familiar por el Pirineo Aragonés. “Iba con la idea de conocer algún pueblo deshabitado de la zona, y la suerte, el destino o lo que quiera que sea, me llevó hasta allí”. En una charla con ella descubrimos las razones que la llevaron a escribir y a convertir Ara, como el río en su segunda novela.


¿Por qué la historia de Jánovas te conmovió tanto?

Siempre digo que sentí una conexión especial, difícil de explicar, con esa tierra; recorrí sus calles, contemplé los esqueletos de las casas, subí a la iglesia, al cementerio, me senté a orillas del Ara. Salí del pueblo realmente impactada, tanta belleza y tanta desolación, el paisaje tan hermoso y los acontecimientos tan terribles. Conocía el caso de otros lugares, como Mediano, pero la singularidad de Jánovas es que el pantano nunca llegó a construirse.

 

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Cuentas en el prólogo el encuentro con Paca Castillo, perteneciente a una de las familias que plantó cara en el conflicto. ¿Qué significó para ti conocer a Paca?

Conocer a Paca es lo más hermoso de toda esta historia y le estaré eternamente agradecida. Bien sabe ella cuánto la admiro y cómo la quiero. Nuestro primer encuentro fue en la casa familiar de Campodarbe, allí fue contándome su vida desde que era una niña y tuvieron que exiliarse a Francia durante la Guerra Civil hasta hoy; muchos recuerdos, mucho dolor y mucha alegría también, vivencias muy intensas. Paca es una mujer extraordinaria, lo sigue siendo.

 

¿En qué momento decides dar el paso de transformar todos esos testimonios en una novela?

El deseo de escribir sobre Jánovas nace el mismo día que llegué al pueblo. Salí de allí con el firme propósito de conocer a los protagonistas de la historia y escribir sobre ella, en forma de novela. Ha podido ser gracias a ellos, claro, a los testimonios de las familias que me acogieron y confiaron en mí, en que iba a tratar su historia con todo el cariño y el máximo respeto.

 

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Y después has seguido viniendo a Sobrarbe. De hecho viniste a presentar tu libro aquí. 

Claro, ya es inevitable el amor por esta tierra, es siempre un placer volver, la pena es que me pille tan lejos. El pasado mes de mayo presenté en Zaragoza y en Aínsa. Y luego en Jaca y en Jánovas durante la Fiesta de San Miguel. Puedes imaginar la emoción por traer “Ara” a su hogar. Han sido encuentros muy especiales y estoy profundamente agradecida a toda la gente que se ha volcado conmigo y ha dicho cosas tan hermosas de mi trabajo.

 

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Foto cedida por Charo Jiménez

 

1951 es el año que marca un antes y un después en los habitantes de Jánovas y alrededores, Aquel año el agua del Ara se declara de “utilidad pública”. ¿Cómo vivían entonces allí?

Por lo que me cuentan los vecinos, esa fecha pasa casi desapercibida. Nadie podía imaginar la pesadilla que tendrían que vivir a partir de entonces. Como dice Paca, vivían tan ricamente en un pueblo “principal”—que prácticamente se autoabastecía—, con sus hijos, su trabajo en el campo, sus animales; un pueblo que “a vecinal” lo tenía todo perfectamente organizado, era una comunidad con un funcionamiento extraordinario. Sencillamente eran felices, Paca utiliza la expresión: “vivíamos de perlas”. Y, de golpe, la empresa hidroeléctrica pone ese mundo patas arriba.

 

En 1960 el ingeniero del catastro de Huesca va allí a poner precio a las tierras y les dice que deben registrarlas, ¿en qué consistió ese trámite exactamente?

Lo que pasó es que fueron engañados, el precio por las tierras lo puso este señor y los vecinos no pudieron hacer nada. Es la historia de siempre, la ley del más fuerte. Era fácil convencer a la gente para que aceptara sin más; intimidar a los vecinos para que no se metieran en problemas que no les reportarían más que quebraderos de cabeza, puesto que antes o después tendrían que marcharse. Mejor hacerlo antes de que el agua lo anegara todo. Ese era el discurso.

 

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Emilio Garcés, el marido de Paca, es la voz de la revolución en esta novela, el primero que dice que no lo va a poner tan fácil. Háblanos de él.

Emilio fue un luchador. Un hombre que tenía, en palabras de su familia, “muy buen coco”. Una persona que desde el principio vio que había algo raro en todo el proceso y tenía muy claro que no dejaba su casa hasta que el agua del pantano anegara el pueblo, cosa que, como él se olía, nunca ocurrió.

Se pasó media vida escribiendo cartas y yendo de despacho en despacho denunciando la situación y buscando apoyos, apoyos que en raras ocasiones encontró; vamos, luchando por Jánovas, por preservar su medio de vida contra la tiranía de las empresas hidroeléctricas y de las autoridades gubernamentales. En una de las muchas entrevistas que le hicieron dijo:” La rebelión contra las injusticias es algo nato en mí”. Además, era una persona con un sentido del humor extraordinario y eso dice también mucho de él, dadas las circunstancias por las que tuvo que pasar. Esa tenacidad y ese ánimo lo acompañaron siempre.

 

Más de mil personas exiliadas del valle. Háblanos de las personas, que con miedo y mucha pena salieron de Jánovas.

Lo que pasó fue terrible, una catástrofe en todos los sentidos. La novela se centra en la lucha de estas dos familias: los Garcés-Castillo y los Santolaria-Campo, que aguantaron hasta el final, pero hay muchísimas otras que cargan un sufrimiento inmenso y no sólo en Jánovas, claro, en todo el Valle de la Solana. La mayoría marchó a Zaragoza, Huesca o Barcelona con lo poquito que les dieron y con una gran pena. Me cuentan que muchos morían al poco tiempo. Para ellos ese destierro fue insuperable.

 

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Uno de los capítulos que mejor define la barbarie de aquellos años es el desalojo de la escuela, un capítulo que además los visitantes que se acerquen a Jánovas pueden leer en algún expositor de sus calles, ¿fue esta la parte más dura de escribir?

No sabría decirte si la más dura porque lo he pasado realmente mal escribiendo la novela —también muy bien—, pero desde luego el tema de la escuela es sangrante, por el fondo y por la forma. Es fácil visualizar ese día porque ellos te lo cuentan de una manera muy vívida. Les marcó profundamente cómo ocurrió aquello y lo que suponía para sus hijos quedarse sin escolarizar. Es que esto es una cadena de despropósitos, uno detrás de otro.

 

No obstante, y aunque este libro es un dramón, das ciertos respiros. Por ejemplo, las charlas entre María Campo y su nieta Carmen, que con sus ojos de niña muestra una versión inocente y a veces divertida de la vida de su familia.

Lo que más me ha sorprendido de esta gente es su alegría y su sentido del humor. Y es que esto conecta también mucho con mi forma de ser y mi manera de encarar los reveses y las situaciones complicadas. Esas charradetas entre María y su nieta Carmen, son muy entrañables.

 

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¿Por qué no se llegó a construir el pantano?

Simplificando mucho, tenemos que remontarnos a comienzos del siglo pasado, que es cuando por primera vez se habla de concesiones de caudal del Ara. Parece que, desde muy al principio, sabían que la construcción del embalse no era rentable; eran obras muy costosas y las Administraciones no quisieron participar en los gastos. El caso es que pasaron más de veinte años desde que los Garcés tuvieron que abandonar Jánovas hasta que se desestima oficialmente la construcción del embalse. La declaración de impacto medioambiental negativo, firmada por el entonces secretario general del Ministerio de Medio Ambiente Juan Luis Muriel —al que no nos cansamos de agradecerle su actitud honesta y comprometida—, marcó el principio del fin de la historia del pantano.

 

¿Cuánto de ficción hay en este relato, Charo?

Esta era una cuestión delicada porque se había hablado mucho sobre lo que ocurrió en Jánovas, sobre el tema del pantano, pero nunca desde donde yo quería abordar la historia, desde el lado más humano, desde la cotidianidad de las personas que vivieron aquello, desde lo más profundo de sus sentimientos y emociones. Novelar los hechos era arriesgado, conocer a los protagonistas reales de la historia, admirar lo que habían hecho —lo que continúan haciendo—, contar lo que pasó siendo muy fiel a la realidad y muy respetuosa con su intimidad, con sus vidas; y al mismo tiempo fabular, conseguir una simbiosis entre lo acontecido y lo inventado. Hay tres partes en la novela: Antes de ayer, Ayer y Mañana, y es en esta última donde me permití más libertad, donde me sentí más libre a la hora de inventar.

 

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Después de tantos años, no hace mucho trascendieron fotos de Jánovas iluminado, ¿qué sentiste al verlas?

Por fin se ve la luz, se visualiza ese “Mañana” que imagino en la novela. Sentí una emoción muy grande. Hay tanto empeño de gente tan valerosa, siempre luchando por conseguir todas estas cosas; mucho esfuerzo detrás, muchos años de penurias y de no obtener más que la callada por respuesta. Un tesón admirable y una esperanza intacta. Me siento muy afortunada por poder compartir con ellos esta parte del camino, por ver cómo empiezan a recoger los frutos de un trabajo formidable.

 

¿Quiénes son las personas que ahora mismo están trabajando para que Jánovas vuelva a ser un pueblo habitado?

Mucha gente, muchas familias que llevan esperando un montón de años para volver a su pueblo. Crearon la Fundación San Miguel, cuyo presidente es Óscar Espinosa, con el objetivo de reconstruir el pueblo y devolverle la vida. Y no han parado de moverse, de llamar a todas las puertas para conseguir apoyos, acuerdos, ayudas.

 

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Por cierto, el libro aún no ha cumplido un año desde su publicación y ya ha salido la segunda edición, ¿esperabas la buena acogida que está teniendo?

Estoy feliz, aunque no sé qué esperaba exactamente. Verás, mi idea era aportar mi granito de arena en esta historia, echar una mano desde donde mejor podía hacerlo, y, mientras escribía, mi mayor deseo era que les gustara a los protagonistas, que les llegara el cariño y la admiración que siento por ellos. Era lo que más me importaba. Esta historia me ha traído algún que otro sinsabor, pero sobre todo muchas satisfacciones, el cariño de tantos amigos aragoneses, a los que llevaré siempre en el corazón.

 

Para acabar, Charo, ¿cuánto tardaremos en ver el final feliz que se merece esta localidad sobrarbense? Porque llegará, de eso estamos seguros.

Pues fíjate, yo creo que ellos tienen bien interiorizada la idea de ir paso a paso, escalón a escalón, con toda la determinación del mundo, eso sí. No sé cuándo llegará ese final feliz, todo apunta a que no tardará, aunque queda mucho por hacer. Han pasado diez años desde que la CHE envió las primeras cartas a los expropiados ofreciéndoles recuperar sus casas y sus tierras. Hace unos días Endesa y el ayuntamiento de Fiscal han firmado el traspaso de 49 propiedades municipales entre las que se encuentran el puente colgante, la iglesia, la plaza, la fuente, los caminos de acceso.

Ha supuesto un trabajo muy laborioso, pero es ya una realidad. Esto es imparable. La primera casa que se ha reconstruido es Casa Frechín, al otro lado del Ara, y hay otras tres en obras: Casa Castillo, Casa Agustín y Casa Carpintero. La llegada de la luz ha animado a otros vecinos a levantar las casas de sus antepasados y se ha empezado ya también la urbanización de las calles. Es cierto que aún quedan afectados que no han llegado a ningún acuerdo, que aún quedan muchos pasos por dar, pero los janovenses vuelven a ser propietarios de pleno derecho después de tanto luchar, y es hora de disfrutar de todo lo conseguido. Hay mucho que pelear, pero también mucho que celebrar.

 

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Por Cristina Aibar

Periodista

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